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Por Eduarda Andrade.

Lo primero que conviene decir, aunque incomode a rectores prudentes, vicerrectores ceremoniales, decanos atrapados en el calendario académico y comités expertos en convertir toda urgencia en acta, es que la inteligencia artificial no vino a destruir la educación. Vino a revelar que buena parte de la educación ya había sido destruida, domesticada, tercerizada y empaquetada mucho antes de que ChatGPT escribiera la primera respuesta correcta con alma de pasante obediente.

El ensayo de Stefan Bauschard, Institutionalized Education as Cognitive Offloading, es valioso precisamente porque no cae en el pánico tecnológico barato. Su tesis es más incómoda: la crisis no consiste en que los estudiantes hayan aprendido súbitamente a tercerizar su pensamiento, sino en que la escuela pasó más de un siglo enseñándoles a hacerlo y luego fingió escándalo cuando la tercerización se volvió demasiado eficiente.

La imagen inicial es perfecta: una estudiante entrega un ensayo que su profesor sabe que ella no escribió; la estructura está correcta, la tesis en su lugar, las transiciones suaves, la conclusión decorosamente reciclada, la rúbrica satisfecha y la calificación, como si nada, termina siendo un B+. Todos saben lo que ocurrió. Nadie sabe qué hacer porque la respuesta honesta desnuda al sistema completo.

Ahora bien, América Latina debería leer ese texto no como una reflexión ajena, escrita desde el norte global para universidades con presupuestos indecentes y bibliotecas impecables, sino como una advertencia feroz para nuestras propias instituciones, tan aficionadas a importar modas pedagógicas con tres años de retraso y a traducirlas en documentos estratégicos que nadie cumple. Porque aquí la tercerización del pensamiento no llegó con la IA.

Aquí llevamos décadas tercerizando el juicio en el ministerio, la calidad en la agencia acreditadora, el currículo en consultores externos, la innovación en proveedores de plataformas, la responsabilidad docente en formatos, la madurez estudiantil en reglamentos de convivencia y la estrategia institucional en frases de PowerPoint donde todo “se transforma” sin que nada cambie.

Bauschard recuerda que la escolarización masiva moderna tiene apenas unos 150 años; que su expansión entre 1870 y 1920 no fue, esencialmente, un acto romántico de descubrimiento de la infancia, sino un proyecto de construcción estatal; que la escuela tercerizó funciones que antes estaban en familias, iglesias, gremios y comunidades: socialización, alfabetización básica, disciplina temporal, obediencia a reglas escritas y tolerancia al aburrimiento.

Fue, sí, una gran tercerización civilizatoria, y funcionó: la alfabetización, que durante buena parte de la historia humana se movía en cifras de un dígito, superó el 90% en apenas un siglo. El problema, como suele ocurrir con las instituciones exitosas, es que siguió operando cuando ya había olvidado por qué existía.

La segunda tercerización fue más grave. En los años 1910 y 1920, el juicio humano comenzó a ser desplazado por sistemas. Ellwood Cubberley, desde Stanford, hablaba en 1916 de las escuelas como fábricas en las que los niños eran “materia prima” moldeada según especificaciones; y Raymond Callahan documentó después cómo la administración educativa importó la lógica taylorista de la eficiencia industrial. El currículo migró de los profesores a oficinas centrales; la evaluación, del juicio docente a instrumentos estandarizados; la clasificación de estudiantes, de la mirada local a los puntajes; el tiempo, del ritmo humano al timbre y a la unidad Carnegie.

Incluso el Army Alpha de 1917 mostró que se podía ordenar cognitivamente a 1,7 millones de seres humanos en papel, a escala, sin hablar con ellos. Qué maravilla administrativa: medir a las personas sin conocerlas, clasificarlas sin comprenderlas, gobernarlas sin escucharlas.

Y ahí está el pecado original que hoy regresa con una sonrisa algorítmica:

Primero tercerizamos desde la familia hacia la institución.

Luego tercerizamos desde el docente hacia el sistema.

Después tercerizamos desde el estudiante hacia la rúbrica.

Finalmente, tercerizamos desde todos hacia la máquina.

No fue un accidente. Fue una secuencia lógica.

En el estudiante, la tercerización fue brutalmente pedagógica. El ensayo de cinco párrafos le enseñó que pensar tiene una forma previamente aprobada. La rúbrica le enseñó que no debe preguntarse qué es bueno, porque alguien ya lo definió por él. El libro de texto le enseñó que el conocimiento llega empaquetado, no disputado. El examen estandarizado le enseñó que el problema ya está formulado y que su tarea consiste en encontrar la respuesta pre-correcta. La calificación le enseñó que el juicio vive afuera: en el profesor, en el sistema, en el número, en el promedio.

En suma, la escuela no formó criterio; formó dependencia del criterio ajeno.

Por eso el estudiante universitario que hoy pregunta “¿puedo usar IA para esto?” no está formulando una pregunta tecnológica. Está formulando, sin saberlo, una confesión antropológica: “¿puedo seguir haciendo lo que ustedes me enseñaron, pero con una herramienta más veloz?”. Y habría que responderle con una sinceridad que nuestras universidades rara vez practican: “Sí, hijo, eso fue exactamente lo que te enseñamos; lo lamentable es que ahora el espejo nos devuelve una imagen demasiado nítida”.

En el docente, la tercerización ha sido más hipócrita, porque se la ha disfrazado de calidad, alineación, evidencia, coherencia y aseguramiento. Palabras bonitas, por supuesto; los cementerios institucionales siempre tienen jardines bien cuidados.

El profesor dejó de ser un profesional con juicio y empezó a convertirse en un ejecutor de programas, un operador de sílabos, un administrador de entregables, un vigilante de plataformas. Se le pidió “fidelidad de implementación”, que es una frase elegante para decir: “no piense demasiado, entregue lo diseñado por otros”. Bauschard lo plantea con crudeza: el currículo estandarizado es, muchas veces, un voto de no confianza contra el profesor. La institución le dice al adulto que está frente a los estudiantes: nosotros pensaremos; usted distribuya (Un “no te pagamos para pensar”; “y haz que sea entretenido”).

A propósito, esa desconfianza se agrava con un ingrediente local: la burocracia desconfiada de todo talento que no pueda encasillar, temiendo a nuevas ideas, pensamiento y propuestas que salgan de la caja estandarizada.

El docente que innova molesta porque desordena el formato. El que exige incomoda porque afecta la satisfacción del “cliente” estudiantil. El que piensa fuera del sílabo genera riesgo. El que adapta metodologías según el grupo parece sospechoso. El que desafía el modelo termina convertido en “caso a revisar”. Y luego, con una ingenuidad casi conmovedora, la universidad se pregunta por qué sus profesores no lideran la transformación. Tal vez porque durante años los entrenó para pedir permiso hasta para respirar distinto.

En los profesionales, la tercerización tomó forma de credencial. El título se volvió atajo cognitivo de la sociedad: el empleador terceriza su juicio en la universidad que graduó; el posgrado terceriza su selección en el GPA anterior; el Estado terceriza su confianza en licencias; el mercado terceriza competencia en diplomas. Illich lo había advertido: la escolarización terminó reemplazando al aprendizaje verificable, hasta que la certificación se confundió con la sustancia. El sello devoró al contenido. El diploma dejó de representar aprendizaje y empezó a sustituirlo.

Pero aquí aparece el nuevo escenario, y conviene describirlo sin anestesia. La IA está erosionando el valor de todo trabajo cognitivo promedio. No de todo trabajo humano, no de todo pensamiento, no de toda profesión; eso sería una exageración para conferencistas desesperados.

Lo que está colapsando es la prima del desempeño medio: el resumen correcto, el informe funcional, el texto aceptable, la presentación limpia, el análisis superficial, el código estándar, la respuesta jurídicamente plausible, la campaña publicitaria genérica, la investigación de escritorio sin criterio. Bauschard lo dice con un ejemplo económico brutal: si una parte del trabajo de un paralegal puede hacerse con IA a una vigésima parte del costo y tres veces más rápido, la credencial no desaparece de inmediato, pero su prima se desploma. El salario pagaba una escasez que está dejando de existir.

Y aquí nuestras universidades deberían sentir un frío razonable en la espalda. Porque si siguen formando profesionales promedio para tareas promedio con métodos promedio, no estarán educando: estarán produciendo sustitutos caros de una máquina barata.

Hay que enterrar el cuestionamiento planteado sobre si los estudiantes usarán IA. La usarán. Ya la usan (eso si, en muchos casos sin explotar su potencial). La pregunta seria es qué parte del pensamiento, del juicio, de la creatividad, de la responsabilidad y de la presencia humana no podemos permitirnos tercerizar sin quedar vacíos. Y esa pregunta no la resolverá un protocolo de integridad académica, ni un software detector de plagio, ni una charla inaugural sobre “uso ético de herramientas emergentes”.

El detector detecta textos; no detecta almas intelectualmente rendidas.

La política sanciona conductas; no reconstruye criterio. El reglamento prohíbe; no enseña a pensar.

Lo que estamos tercerizando debe nombrarse con precisión, porque las instituciones enfermas suelen sobrevivir gracias a la niebla del lenguaje.

Como docentes, estamos tercerizando la selección de problemas, cuando dejamos que el currículo nos diga qué importa antes de mirar a los estudiantes y al mundo. Estamos tercerizando el juicio pedagógico, cuando seguimos una guía aunque el aula esté pidiendo otra cosa. Estamos tercerizando la evaluación, cuando confundimos rúbrica con discernimiento. Estamos tercerizando la autoridad intelectual, cuando reducimos la clase a contenidos ya digeridos y no a una confrontación viva con preguntas difíciles. Estamos tercerizando incluso el coraje, cuando preferimos bajar la exigencia antes que explicar por qué la exigencia es una forma de respeto.

Como alumnos, estamos tercerizando la lectura cuando pedimos resúmenes antes de haber sufrido el texto. Estamos tercerizando la escritura cuando solicitamos párrafos que no nacen de una idea propia. Estamos tercerizando la memoria cuando no queremos cargar con nada dentro. Estamos tercerizando la duda cuando aceptamos la primera respuesta que suena bien. Estamos tercerizando la responsabilidad cuando entregamos algo que no podríamos defender en voz alta. Estamos tercerizando la identidad cuando preguntamos qué carrera conviene, qué tema se ve mejor, qué proyecto da más puntos, qué postura obtiene aprobación. Y después, naturalmente, nos sorprendemos de que tantos jóvenes lleguen a la universidad sin saber qué quieren, salvo aprobar.

Como profesionales, estamos tercerizando el diagnóstico en dashboards, la estrategia en consultoras, la decisión en modelos predictivos, la ética en compliance, la creatividad en plantillas, la reputación en métricas y la valentía en “mejores prácticas”. La cultura corporativa contemporánea, también en América Latina, está llena de ejecutivos que ya no deciden: validan. Ya no piensan: alinean. Ya no lideran: gestionan stakeholders. Ya no responden por una visión: administran consensos. Y ahora, con IA, podrán hacerlo más rápido, lo cual no mejora el problema; lo escala.

El nuevo escenario exige exactamente lo contrario: libertad de aprendizaje, libertad de enseñanza, libertad metodológica y libertad de pensamiento. No como consignas libertarias de ocasión, sino como condiciones estructurales para recuperar la capacidad de resolver problemas.

Porque ningún país sale de la mediocridad formando mentes estandarizadas. Ninguna universidad produce innovación si castiga la desviación. Ningún estudiante aprende a pensar si todo le llega delimitado: el tema, el formato, el plazo, la fuente, el criterio, la respuesta, la nota y hasta la emoción permitida.

La libertad de aprendizaje significa que el estudiante debe recuperar agencia: elegir problemas, construir preguntas, explorar trayectorias, equivocarse con consecuencias reales, trabajar sobre asuntos que importen más allá del aula.

No se trata de convertir la universidad en parque de diversiones curricular ni de rendirse al capricho adolescente. Al contrario: se trata de exigir adultez, de incomodar con preguntas profundas, de impacto, de despertarlos. El estudiante universitario no es un niño, aunque algunas instituciones lo traten como cliente confundido o adolescente con derechos sin deberes. Está en la frontera entre la inercia y el poder, entre sobrevivir como trámite o construir una biografía con sentido.

La libertad de enseñanza significa devolverle al docente la dignidad del juicio. Un profesor no es un lector de diapositivas autorizado por una oficina. Es, o debería ser, un intelectual práctico capaz de decidir qué necesita ese grupo, en ese momento, frente a ese problema. Si la universidad no confía en sus docentes, que lo diga y contrate comediantes promedio.

Pero si pretende formar pensamiento, debe permitir metodologías distintas, debates incómodos, evaluaciones orales, proyectos abiertos, seminarios vivos, laboratorios, mentorías, escritura iterativa, investigación situada, prácticas en comunidad y confrontación argumentativa. La homogeneidad metodológica es cómoda para el administrador, pero letal para la inteligencia.

La libertad de pensamiento, por último, exige romper el perímetro de lo permitido. Bauschard observa que la institución no solo terceriza cómo piensan los estudiantes; terceriza qué están autorizados a pensar: qué preguntas valen, qué libros entran, qué cuenta como evidencia, qué se considera demasiado político, demasiado religioso, demasiado incómodo, demasiado oscuro, demasiado humano. El horario mismo se vuelve currículo: cuarenta y cinco minutos para una cosa, casi nada para filosofía, ética o civismo vivo, y las grandes preguntas de la existencia reducidas a electivas marginales.

En América Latina vivimos en sociedades atravesadas por informalidad, desigualdad, violencia, polarización, corrupción, precariedad institucional, migración, productividad estancada y democracias fatigadas. ¿Y qué hacemos en demasiadas aulas? Casos importados, ejercicios descontextualizados, teorías sin territorio, evaluaciones sin conflicto, proyectos sin consecuencia. Luego nos preguntamos por qué los estudiantes no resuelven problemas reales. Quizás porque nunca se los dejamos tocar. Quizás porque convertimos la realidad en “contexto” y no en objeto de intervención.

La universidad latinoamericana necesita una ruptura. No una reforma cosmética, no una nueva plataforma, no otro diplomado de innovación, no un comité de IA con lenguaje prudente. Necesita una revuelta institucional contra la tercerización del pensamiento.

Para no dejar esta reflexión sin propuestas, planteo no una, sino ocho acciones que buscan iniciar ya el experimento vivo del cambio y adaptación, dejando atrás al teatro académico y profesioal que ya discutimos previamente.

Primera acción urgente: eliminar toda evaluación que pueda ser completada por IA sin comparecencia humana. Si una tarea puede ser producida por una máquina y recibida por un profesor sin conversación, defensa ni proceso, esa tarea no mide aprendizaje; mide capacidad de trámite. Cada entrega importante debe incluir defensa oral, explicación de decisiones, bitácora de proceso, contraste de fuentes, revisión pública o aplicación real. El estudiante debe poder decir: esto pensé, esto descarté, esto no entendí, esto corregí, esto sostengo.

Segunda acción urgente: pasar de políticas de prohibición a arquitecturas de responsabilidad. No se trata de “permitir” o “prohibir” IA como si estuviéramos regulando calculadoras en 1985. Se trata de exigir trazabilidad intelectual: qué se usó, para qué, con qué límites, qué errores se detectaron, qué parte fue humana, qué parte fue asistida y qué juicio final sostiene el estudiante. La IA puede ayudar a explorar, comparar, simular, traducir, resumir o prototipar. Lo que no puede tercerizarse es la responsabilidad de comprender y defender.

Tercera acción urgente: rediseñar cursos alrededor de problemas, no de unidades. Problemas latinoamericanos, propios, complejos, ambiguos, con datos incompletos, actores reales y consecuencias. Seguridad alimentaria, informalidad laboral, educación rural, acceso a salud, productividad de pymes, confianza democrática, violencia digital, gestión del agua, migración, envejecimiento, desinformación. La máquina puede aportar respuestas; el estudiante debe aprender a formular mejores preguntas. Y formular el problema, no repetir la solución, será la competencia decisiva.

Cuarta acción urgente: crear espacios obligatorios de debate, escritura con voz propia y defensa bajo presión. Bauschard insiste en aquello que no se puede tercerizar sin perder al ciudadano: razonamiento adversarial en tiempo real, juicio ético bajo incertidumbre, rendición de cuentas, defensa de ideas ante otros. Una sala donde un estudiante debe sostener una idea que realmente pensó sigue siendo más revolucionaria que cien licencias de software.

Quinta acción urgente: liberar a los docentes del secuestro burocrático. Menos reportes ornamentales, menos matrices infinitas, menos evidencias para auditorías que nadie lee o ejecuta con inteligencia. Más tiempo para diseñar experiencias, acompañar procesos, evaluar con profundidad, investigar, conversar, dar recursos, coaching, debatir. La burocracia académica ha cometido el milagro inverso de Midas: toca una idea viva y la convierte en formulario.

Sexta acción urgente: diversificar metodologías y abrazar a la varianza. La estandarización ya no es garantía de calidad; es antesala de reemplazo. Bauschard lo advierte claramente: mientras más estandarizado sea el contenido, más fácil será que la IA reemplace al humano que lo entrega; una sociedad que produce mentes promedio, evaluadas por la misma rúbrica y certificadas por la misma credencial, produce exactamente la población que la IA puede sustituir mejor.

Séptima acción urgente: declarar que el título ya no basta. Las universidades deben certificar capacidades y competencias de impacto demostrable: argumentar, investigar, decidir, crear, liderar, construir, resolver, comunicar, defender. Portafolios públicos, proyectos verificables, retos interdisciplinarios, prácticas con evaluación externa, mentorías profesionales, producción intelectual real. El diploma debe dejar de ser una promesa abstracta y convertirse en evidencia acumulada.

Octava acción urgente: tratar al estudiante como adulto en formación, no como consumidor soberano. En otro texto previo se señalaba una cifra que es más una alerta: cuando el 70% de quienes desertan no regresa y el 41% actúa como detractor de su propia institución, la apatía deja de ser anécdota y se vuelve patrón. Y, sin embargo, muchas universidades responden bajando precios, suavizando exigencias, acelerando certificados y convirtiendo la educación en una transacción sin trascendencia. La lógica del “cliente siempre tiene la razón” intoxicó el aula.

No hay forma amable de decirlo: si la universidad sigue huyendo del conflicto, de la exigencia y de la libertad intelectual, será cómplice de la irrelevancia de sus propios egresados.

El llamado a la acción, por tanto, ya no puede esperar al próximo ciclo presupuestario.

En los próximos noventa días, toda universidad seria debería hacer tres cosas:

  1. Auditar sus evaluaciones para eliminar las que premian tercerización vacía.
  2. Capacitar a sus docentes en diseño de experiencias no tercerizables, con recursos, coaching y acompañamiento real.
  3. Crear un marco institucional que permita experimentar con metodologías libres, exigentes y diversas sin castigar al profesor que se atreve.

En los próximos seis meses, debería rediseñar al menos el 20% de sus cursos críticos alrededor de problemas reales y defensas públicas. En un año, debería poder mostrar no cuántas licencias de IA compró, sino cuántos estudiantes pueden defender una idea propia, resolver un problema situado y demostrar criterio bajo presión.

La inacción no protegerá a nadie. No protegerá al rector que espera señales del mercado. No protegerá al decano que teme incomodar a su planta docente. No protegerá al profesor que cree que prohibir IA le devolverá el control. No protegerá al estudiante que imagina que usar herramientas sin criterio equivale a ser competitivo. No protegerá al profesional que terceriza decisiones hasta quedarse sin oficio. La historia no suele castigar de inmediato a los cobardes institucionales; primero los vuelve irrelevantes, que es una forma más lenta y burocrática de la muerte.

En todo caso, la universidad todavía puede elegir. Puede seguir siendo una fábrica de credenciales con Wi-Fi, una institución donde la autoridad se administra, el pensamiento se terceriza y la innovación se anuncia en banners. O puede recuperar su sentido más profundo: convertirse en el lugar donde un joven aprende a leer el mundo sin pedir permiso, donde un docente con propósito y vocación real enseña desde su juicio y no desde una plantilla, donde una comunidad intelectual se permite pensar fuera de la caja precisamente porque entiende que la caja fue diseñada por quienes ya no saben resolver los problemas que heredamos.

La IA nos está preguntando qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a conservar. Y si la universidad no sabe responder eso con coraje, entonces no merece dirigir el futuro; apenas merece archivarlo.