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Por Eduarda Andrade

¿Y a mí qué me importa?


Sí, lo he dicho. Y lo he pensado más veces de las que me enorgullece admitir.


Lo dije frente a un texto imposible, lo pensé durante una clase de teoría absurda, lo sentí cada vez que alguien hablaba como si yo estuviera obligada a interesarme por cosas que no tocaban ni una célula de mi vida.

Pero ¿sabes qué? Esa pregunta, tan antipática, tan de flojera —es en realidad el inicio de todo. El primer brote de una conciencia que ya no se conforma con repetir como loro lo que otros piensan, lo que otros dictan, lo que otros aplauden.
Porque en el fondo, cuando pregunto “¿y a mí, qué?”, no estoy huyendo del conocimiento…
Estoy retándolo. Estoy pidiéndole que me toque, que me trastoque. Que me mire a los ojos y me diga por qué carajos vale la pena.

Porque, perdón, pero si el conocimiento no tiene nada que ver conmigo, ¿para qué quiero cargarlo? No soy un museo de ideas ajenas ni una bodega de citas académicas.
Estoy aquí —en esta universidad, en esta vida— para entender de qué estoy hecha. Y no pienso pasarme los años coleccionando PowerPoints ni aprendiendo para exámenes que se olvidan en 48 horas.

Quiero leer cosas que me sangren. Que me revuelvan.
Quiero que Kierkegaard me confunda y que San Agustín me incomode.
Quiero discutir con Hegel aunque no entienda nada y terminar preguntándome si todo eso tiene algo que ver con lo que siento cuando me falla una amistad, cuando dudo de mí, cuando no sé si seguir o mandar todo al carajo.

No quiero maestros que me expliquen todo. Quiero maestros que se atrevan a vivir sus ideas y me inviten a hacer lo mismo. Quiero autores que se equivoquen, que muestren sus contradicciones, que escriban como quien sangra en vez de posar como gurú de TikTok.

Quiero que pensar vuelva a ser peligroso. Que no me dejen tranquila. Que me obliguen a responderme: ¿y yo qué tengo que ver con todo esto? ¿Qué parte de mí se niega a entender? ¿Qué verdades estoy esquivando?

Y sí, también estoy harta de esta universidad que a veces trata a los estudiantes como si fuéramos clientes con tarjeta de crédito pero sin carácter.

Estoy cansada de clases diseñadas para no incomodar, de compañeros que se ofenden si les piden leer más de una página, de discursos sobre “salud mental” usados como excusa para no enfrentar la frustración.
Aprender duele. Y crecer aún más. No se puede evolucionar sin incomodarse. Punto.

Así que basta de dramatizar cada exigencia. Basta de pretender que todo debe ser fácil, divertido y cómodo.
El mundo no es cómodo. Pensar no es cómodo.
Y yo no vine aquí a buscar comodidad. Vine a buscar sentido.

Por eso, desde hoy, esa pregunta —“¿Y a mí qué me importa?”— no será mi excusa para quedarme en la orilla.
Será mi grito de guerra.
Será mi forma de decir: quiero que me importe.

No estoy aquí solo para pasar materias. Estoy aquí para enfrentarme.
Y no me pienso rendir a la mediocridad.
No me pienso conformar con lo que no me toca el alma.
No me pienso graduar siendo la misma.

Así que sí, pregunto: “¿Y a mí qué me importa?”
Y luego me miro al espejo y me contesto:
A ti, todo. Porque si esto no te transforma, no sirve.