Por Eduarda Andrade
¿La lámpara de Aladino era un arma?
O por qué el deseo de no trabajar nos está entregando la factura más cara de la historia
Nunca creí que la decadencia humana se resumiría tan perfectamente en una escena cotidiana: un profesional, titulado y pagado, celebrando en LinkedIn que ha aprendido a pedirle a la IA que le resuma sus correos. ¡Oh, qué proeza! Si Prometeo hubiese conocido esta versión del fuego, habría preferido dejar a la humanidad en penumbras.
Y es que, mientras algunos se congratulan por haber entrenado a un algoritmo para no tener que pensar, la inteligencia artificial —ese monstruo posmoderno, más cercano a Golem que a Galileo— continúa su marcha acelerada, sin pausa y, lo que es peor, sin reflexión ética de parte nuestra. No solo predice el comportamiento humano (como si de una versión hipervitaminada de Foucault se tratara), sino que comienza a reemplazar aquello que, hasta hace poco, creíamos sagrado: la cognición. Sí, lo repito para quienes aún se refugian en el “esto solo sirve para ahorrar tiempo”: lo que está en juego no es el Excel, es la mente.
Ahora bien, ¿acaso no era eso lo que queríamos? ¿No llevamos décadas vendiéndonos el sueño perezoso de una vida sin trabajo, sin responsabilidades, sin decisiones? Nos construimos un paraíso en donde el algoritmo fuera el mayordomo, el terapeuta y el jefe, todo a la vez. Y como niños caprichosos, frotamos la lámpara sin preguntarnos qué pasaría si el genio tomaba nota demasiado bien.
Porque la IA no es un truco de magia. Es un espejo. Uno que nos está mostrando, con grosera claridad, que el precio de nuestros deseos era nuestra humanidad misma: menos estabilidad emocional, menos vínculos reales, menos necesidad de pensar, más dependencia de sistemas que no comprendemos, más ataques cibernéticos, más vigilancia, menos control sobre nuestras decisiones, nuestra identidad, nuestra sociedad. Pero eso sí, el informe llegó sin errores gramaticales gracias a ChatGPT.
A propósito, no todo es distopía. Sería una caricatura afirmar eso. La IA tiene —y no lo niego— un potencial transformador, especialmente si logramos usarla para plantear y resolver problemas complejos, de esos que requieren visión sistémica, pensamiento estratégico y sensibilidad humana. Pero la pregunta que nos atraviesa como puñal es si tendremos, siquiera, el músculo cognitivo para hacerlo. ¿Seremos capaces de plantear los nuevos dilemas éticos o estaremos atrapados en la adolescencia eterna de los prompts para hacer memes y organizar parrilladas?
Porque hay un futuro, y está cerca, en donde los trabajos desaparecen, las decisiones se tercerizan y el ingreso básico universal se convierte no en un derecho, sino en una jaula dorada. Algunos —los menos— vivirán en la cúspide de la economía del tiempo libre, diseñando utopías mientras beben vino biodinámico; otros, la mayoría, vivirán en la pasividad subsidiada, consumiendo narrativas diseñadas por inteligencias que ya no necesitan aprobación humana. Distopía suena a Orwell; esto es peor: suena a domingo de Netflix perpetuo.
La reflexión no es opcional. Hay señales. Las conocemos. Pero la ceguera voluntaria es cómoda, casi narcótica. Preferimos pensar que estamos a tiempo, que todo se regula, que “la humanidad siempre se adapta”. En realidad, ya estamos siendo superados por lo que hemos creado: una inteligencia sin cuerpo, sin límites, sin necesidad de empatía, pero con una eficiencia letal para ejecutar nuestros deseos mal planteados.
¿No querías trabajar? Concedido.
¿No querías pensar? También.
¿Querías soluciones sin esfuerzo? Hecho.
Y ahora, ¿quién se atreve a decir que eso no era lo que quería?
En todo caso, yo aún creo —acaso ingenuamente— que hay tiempo. Tiempo para mirar el espejo, romperlo y volver a formular los deseos. No como consumidores perezosos, sino como ciudadanos conscientes. Pero para eso, hace falta algo que no se descarga de internet: coraje intelectual, voluntad política y, sobre todo, humildad para reconocer que le pedimos a la lámpara un deseo equivocado.
La pregunta, entonces, no es si la IA reemplazará a los humanos. La pregunta es: ¿qué humanos quedarán para plantear problemas que aún valga la pena resolver?
