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Por Eduarda Andrade.

Hay una enfermedad que corroe silenciosamente los pasillos de nuestras universidades, y no me refiero al moho burocrático de sus decanatos ni al desinterés programático de sus claustros, sino a algo aún más insidioso: el bloqueo autoadministrado de investigadores que han confundido el acto de descubrir con la compulsión de publicar. Esta epidemia, disfrazada de productividad académica, ha convertido a muchos docentes-investigadores en obreros de la irrelevancia, martillando papers sin alma que se apilan en bases de datos como nichos sin flores en un cementerio digital.

La paradoja es grotesca: en una época de escasez de tiempo, fondos y atención, dedicamos nuestros recursos a producir conocimiento que no transforma nada, ni a nadie. Investigar por investigar, publicar por publicar, cual si la excelencia científica se midiera en gigabytes y no en consecuencias. ¿En qué momento la academia —esa otrora catedral de pensamiento— se resignó a ser una fábrica de méritos de papel? ¿Desde cuándo el impacto real fue sustituido por el “factor de impacto”? Y lo que es aún peor: ¿por qué tantos lo aceptan con resignación bovina?

Ahora bien, como si esta rutina kafkiana no fuese suficiente, se suma otro fenómeno de triste hilaridad: el miedo paralizante a integrar herramientas de inteligencia artificial en la investigación. Se teme a la IA porque “alucina”, como si los humanos no hubiéramos alucinado dogmas, prejuicios y guerras santas por milenios. Se la rechaza porque “no es perfecta”, como si nuestras revistas académicas lo fueran, como si nuestras metodologías no tuvieran sesgos, como si nuestros comités de revisión no fueran camarillas ideológicas encubiertas.

Lo que realmente asusta no es que la IA se equivoque; lo que aterra es que potencie a los que sí piensan. Porque, seamos sinceros, una IA imperfecta trabajando con un investigador riguroso produce más valor que cien académicos que solo escriben para alimentar su ego escalafonado. Y eso hiere. Hiere a quienes han hecho del sistema su modus vivendi, a quienes prefieren prohibir lo nuevo antes que reformularse a sí mismos, a los que sienten que su autoridad se diluye en la medida en que otros, asistidos por la tecnología, escriben mejor de lo que ellos jamás pudieron.

En todo caso, el problema no es la máquina. El problema es el mediocre con poder. El profesor que desde su pedestal editorial censura el uso de IA “porque no es confiable”, cuando su propio trabajo, si es que alguien lo leyó, nunca fue replicado ni citado con impacto tangible. Estos guardianes de la pureza metodológica son los mismos que no citan a nadie fuera de su círculo, que no colaboran más allá de sus muros disciplinarios, y que consideran que la ética académica consiste en conservar el statu quo —ese mismo que hace años dejó de servir a la sociedad y empezó a servirles a ellos.

Necesitamos una autocrítica sin eufemismos. ¿De qué sirve investigar lo que no cambia nada? ¿Por qué tememos a una herramienta que puede liberarnos del tedio y devolvernos a la raíz del pensamiento creativo? La IA, con sus errores incluidos, no es un enemigo de la academia. Es su espejo. Un espejo que nos recuerda que el valor del conocimiento no radica en su autoría humana, sino en su utilidad. Y si la IA nos ayuda a escribir mejor, a investigar más rápido, a conectar puntos que solos no veíamos, entonces bienvenida sea. Porque no se trata de escribir como García Márquez; se trata de escribir mejor que nosotros mismos.

Que quede claro: la IA debe ser evaluada frente al mejor humano disponible, no contra una perfección que jamás existió. Y si eso desestabiliza algunos egos académicos inflados por años de autocelebración institucional, pues tanto mejor. Es hora de que la academia deje de ser un concurso de vanidades y vuelva a ser un motor de cambio.

Porque el mundo está cambiando. La pregunta es si nuestros investigadores están dispuestos a cambiar con él, o si seguirán aferrados a sus papers sin lectores, sus rankings sin impacto y su soberbia sin contenido.

Yo, por lo menos, elijo lo primero.