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Por Eduarda Andrade

No vine a la universidad a administrar syllabus como quien despacha hamburguesas.


No me formé, me desvelé, me titulé —con orgullo y ojeras— para acabar siendo una operadora de diapositivas, una jueza de PowerPoints reciclados o una autómata que repite lo que aprendió cuando el Internet era aún un murmullo dial-up. No. Vine a construir pensamiento, no a embalsamarlo.

Sin embargo, confieso que me perdí.


Me perdí en la comodidad narcisista de la “autonomía docente” convertida en excusa para la inercia. En el ego del “yo sé” que me impedía escuchar. En la pereza disfrazada de rigor, donde corregir ensayos mal escritos me parecía indigno de mi tiempo, mientras exigía respeto por mi investidura. Fui cómplice de esa pedagogía sin alma, de ese aprendizaje light sin conflicto, sin error, sin piel.

Como bien advertía Escotet —quien no habla desde la torre de marfil sino desde la trinchera universitaria—, educamos para la certeza cuando el mundo exige formar para la incertidumbre. Persistimos en rituales cognitivos mientras el pensamiento crítico se nos escurre entre las grietas de una academia adormecida, masificada, convertida en buró de trámites. Y yo fui una más que aceptó esa farsa.

Durante años, confundí autoridad con autoritarismo, libertad con capricho, y autonomía con blindaje epistemológico. Me parapeté en mis contenidos y lecturas viejas como si fueran trincheras. Me negué a revisar mis métodos, desprecié lo “nuevo” y lo “digital”, y en cada crítica estudiantil, vi no una oportunidad, sino una insolencia. “Ellos no saben lo que quieren” —me decía—, sin considerar que quizás nunca les enseñamos a querer saber.

Ahora bien, lo reconozco con la crudeza que exige la verdad: no he sido una educadora, he sido una experta en repetirme.

Pero ya basta.

Basta de autocomplacencia disfrazada de erudición.
Basta de improvisar clases con textos que no leo hace años.
Basta de pedir pensamiento crítico cuando yo mismo me niego a repensar mi oficio.
Basta de exigir disciplina sin ofrecer inspiración.
Basta de usar el término “libertad de cátedra” como coartada para no evolucionar.

Si la universidad es, como decía Bertrand Russell, el último reducto de civilización crítica, ¿por qué me comporté como una burócrata ilustrado que evita el conflicto, posterga la revisión y teme al espejo?

En este manifiesto —tan tardío como necesario— me comprometo no a ser la mejor docente, sino una que esté despierta. Que abrace la transdisciplinariedad no como eslogan sino como exigencia. Que forme con intención afectiva, no sólo cognitiva. Que escuche. Que dude. Que incomode. Que acepte que enseñar no es tener la razón, sino tener el coraje de cambiar mientras se guía.

Porque si no puedo —o no quiero— transformar algo en mis estudiantes, entonces mi salario no es un derecho, es un soborno. Y mi aula no es un templo de saber, sino una celda con WiFi.

A propósito, no estoy sola. Somos muchos y muchas las que sentimos este vértigo.


Muchas las que no queremos ser las viejas del aula, ni los adolescentes eternos del campus. Queremos ser otra cosa: artesanos del saber con vocación de futuro.

Por eso hoy, rompo con mi versión antigua.


Con la profesora que dictaba clases desde la soberbia, con el académico que corregía desde la altura, con la evaluadora que nunca se evaluaba.

Hoy decido aprender.
Aprender a enseñar otra vez.
Aprender a soltar el personaje y asumir el rol.
El rol de quien no teme a la crítica, porque ya no se esconde tras la toga.

Porque si no somos nosotros —los que estamos adentro— quienes encendemos la revuelta ética del aula, entonces no habrá algoritmo, ni reforma, ni ranking que salve a la universidad de sí misma.

Y, en todo caso, si aún queda esperanza, que sea esta: que nunca es tarde para dejar de fingir que sabemos.