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No soy una niña.


Y ya es momento de dejar de actuar como si lo fuera.

Estoy en la universidad.

Y aunque el sistema me trate a veces como cliente confundida o adolescente con derechos sin deberes, yo sé exactamente dónde estoy parada: en la frontera entre la inercia y el poder, entre el olvido y la posibilidad.

Tengo edad para decidir, pero sobre todo, tengo capacidad para sostener mis decisiones.

Y aunque no siempre quiero hacerlo, aunque a veces prefiera huir, distraerme, quedarme en la comodidad de la queja o del “no sé”, sé que puedo.

Sé que no hay excusa que me salve del espejo.

Sí, puedo elegir no aprender nada, puedo sobrevivir a esta etapa como un trámite, repetir lo mínimo, copiar tareas, entregar cualquier cosa y graduarme como un eco más del vacío.

Pero también puedo hacer historia.

Puedo ser esa persona que, cuando no sabía qué hacer, eligió empezar.

Que cuando estaba rodeada de pereza, eligió trabajar.

Que cuando todos se callaban, eligió hacer preguntas.

Que cuando dudaba de su valor, eligió levantarse y construirlo.

No vine aquí solo por un título.

Vine a entender de qué estoy hecha.

Y sé que eso no se aprende solo en los libros.

Aprenderé de mis docentes, si decido ver más allá de sus PowerPoints.

Aprenderé de mis mentores, si decido pedir ayuda sin vergüenza.

Aprenderé de mis abuelos, si me siento a escuchar en vez de mirar el celular.

Aprenderé de mis amigos, si entiendo que nuestras diferencias también enseñan.

Y sobre todo, aprenderé de la vida, si me atrevo a vivirla con intención.

No estoy obligada a cambiar el mundo.

Pero sí tengo la posibilidad brutal de impactarlo, de dejar una huella, de ser alguien a quien mis padres y mis hijos —los de sangre o los simbólicos— miren con orgullo y digan: “Ella decidió no rendirse a la mediocridad.”

Puedo ser anónima en la historia, o puedo escribir mi nombre con acciones que hablen más fuerte que mi voz.

Puedo seguir caminando con los ojos bajos, o puedo levantar la mirada y empezar a construir un legado.

Hoy no estoy aquí por obligación.

Estoy por decisión.

Porque aunque aún no sepa del todo quién soy, sé que quiero ser alguien que se atrevió.

Y eso empieza ahora.

Con un paso.

Con una decisión.

Con una promesa silenciosa, pero irrompible:

No dejaré que la inoperancia sea mi biografía.

No dejaré que el miedo sea mi idioma.

No dejaré que la historia me pase por encima sin haber dejado marca.

No soy una niña.
Y no serlo es, en sí mismo, una oportunidad para ser grande.